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Cuando Lonquimay (casi) fue Argentino

mapa Latzina1888A propósito de diferencias limítrofes (a la espera de conocer este lunes el pronunciamiento de la Corte Internacional de La Haya sobre el diferendo con Perú) y revisando un poco de historia hay que saber que Lonquimay en algún momento fue motivo de disputa entre Chile y Argentina. Esto por la situación particular de este territorio que se encuentra al oriente de las cumbres más altas (por lo que debiera ser argentino) pero dentro del territorio chileno considerando la divisoria de aguas (aguas que caen al pacífico).

Tanto fue entonces que incluso hubieron enfrentamientos armados, aunque tratándose de cuestiones limítrofes las miradas sobre el problema son muy distintas dependiendo de qué lado se vean.
Para los argentinos la historia del “Combate de Lonquimay” es más o menos así: En febrero de 1883 un pelotón de 26 soldados argentinos dirigidos por el teniente coronel Díaz, que formaban parte de la división del general Conrado Villegas, se enfrentó en Lonquimay a 40 soldados chilenos apoyados por unos 100 indios. Los chilenos fueron derrotados y la tropa argentina quedó dueña del terreno. Los incidentes se repitieron con frecuencia por lo que ambas partes firmaron el protocolo de 1893.
En cambio, la versión chilena dice algo así: Al llegar al sector (junta del Ruca Nuco con el Bio Bio), un líder indígena local, el cacique Quempo, ofreció la ayuda de su numeroso clan para correr a los argentinos. El teniente Rodríguez, ingenuo y creyendo que los argentinos serían capaces de entender buenas palabras, rechazó la proposición y siguió camino a la posición del campamento. Craso error: Los chilenos no acababan de atravesar el Rucanuco para ir a parlamentar, cuando comenzaron a ser atacados sorpresivamente a balazos por las fuerzas argentinas escondidas en el paisaje, quienes creyeron que se trataba sólo de un pequeño contingente. La reacción de los atacados fue instantánea y el fuego se cruzó cortando los bosques... El Teniente Rodríguez intentó parar desesperadamente la masacre, pero fue imposible. Tras enviar un soldado con bandera blanca y oferta de parlamento, los argentinos volvieron a abrir fuego y la confusión fue total. Seis chilenos cayeron muertos en la refriega…

A pesar de lo confuso de la situación, en 1897 el poblamiento de la zona fue oficializado con la fundación de la Villa Portales, exactamente donde antes se había levantado el fuerte. El 20 de noviembre1902 Eduardo VII de Inglaterra pronunció su laudo en donde, prescindiendo de los tratados vigentes entre ambos países por considerarlos ambiguos, buscó una solución que juzgó equitativa tomando en cuenta la línea divisoria de las aguas o las altas cumbres, pero el principio más importante que aplicó fue el de los actos de ocupación efectiva por parte de ambas naciones, y claro, Lonquimay estaba siendo habitado entonces por chilenos. De ahí que la expresión “hacer patria” tome tanto sentido en este lugar fronterizo, lo que, sin embargo, no opaca para nada las buenas relaciones y familiaridad que hay entre chilenos y argentinos en Lonquimay.

fuentes:

Soberaniachile.cl

educarchile.cl

argentina-rree.com

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Rescate andino: vivencias del Lonquimay profundo

Uno de los elementos que dan forma a la identidad cultural de Lonquimay es la crianza de cabras. Incluso, desde hace unos cuantos años, se realiza la fiesta del asado de chivo en febrero, ocasión en la cual visitantes y lugareños pueden disfrutar de un plato exquisito que se encuentra en pocos lugares tal como se da en Lonquimay.

Pero que esto ocurra depende del trabajo de los crianceros de chivos, quienes deben lidiar seriamente con el clima y la geografía del lugar para salir a la montaña a buscar animales perdidos bajo el caluroso sol de enero o en el nevado y frio invierno. Y esto ocurre en las montañas que bordean el valle de Lonquimay, cerros cercanos y visibles claramente desde el pueblo, cuyos habitantes desconocen lo cotidiano y difícil que es, por ejemplo, tener que abrirse camino en la nieve para alimentar el ganado o buscar algún animal perdido, pues en el campo es costumbre y necesidad hacer las cosas independiente del clima: llueva, truene o con 1 metro de nieve.

El invierno de 2011, fue uno de los más duros de los últimos años en Lonquimay por la cantidad de nieve caída en pocos días. Este fenómeno ha recibido el particular nombre de terremoto blanco señalando así los efectos devastadores que conlleva en el lugar y para la gente, sobre todo en los ganaderos, por la falta de alimento y las bajas temperaturas que afectan a sus animales durante varios meses a partir de junio.

Las siguientes fotografías muestran el recate de chivas en el cerro Colorado durante el terremoto blanco de 2011. Este testimonio fotográfico corresponde a Luciano Muñoz Nahuelpi quien tuvo la oportunidad de participar de esta aventura en la nieve y poder entregarnos estas bellas imágenes.

Rescate andino

(por Luciano Muñoz Nahuelpi)

rescate andino 65Soy un amante de la montaña. Por eso, aunque no soy de Lonquimay, debo decir que este lugar es un paraiso ya que puedo ver los más hermosos paisajes, especialmente cuando está nevado. Sin embargo, en julio de 2011 tuve una experiencia inolvidable pues por primera vez en mi vida me encontré con el llamado terremoto blanco. Entonces fui conciente de la dura realidad para los habitantes de Lonquimay, que sufren las consecuencias de las bajas temperaturas, la desconectividad vial, la falta de alimento, la muerte de algunos de sus animales y en algunas ocasiones la caida de los techos de sus casas por el peso de la nieve acumulada.

En esa ocasión participé del rescate de cabras en el cerro Colorado. Por primera vez en mi vida vi animales muertos por hipotermia, cadáveres hundidos en la nieve. Los vi comerse las cáscaras de los árboles… imagino lo triste que debe ser para la gente ver sus animales en estas condiciones y por eso es comprensible el trabajo que se dan de salir en su búsqueda en la montaña nevada. Fue un trekking intenso de unas 7 horas en que pudimos traer de regreso unas cien cabras que habían sido sorprendidas por la nieve en la cima del cerro. Estas son las imágenes que dan cuenta de ello:

 

Para una mejor resolución recomendamos clickear cada imagen a continuación y verla a tamaño completo:

 

Es un intenso trekking pero con muchas ganas de rescatar estos animalitos que ya llevan varios dias atrapados en la montaña soportando temperaturas extremas y sin alimento.
Durante el trayecto nos encontramos con algunas cabras muertas por los intensos frios.
Se puede dimensionar la cantidad de nieve caída: un cerco de aproximadamente 1.80 metros de alto se encuentra completamente bajo la nieve dejando ver a penas la punta de una estaca.
Cuando nos quedan unos pocos metros para salir del bosque, podemos ver el ganado que se refugia en unas piedras. Pero lo que parece cercano aun está lejos y la subida es muy pronunciada
Si no fuera por el equipo apropiado no podríamos subir, ya que en este lugar hay más de 2 metros de nieve y sin las raquetas de nieve nos hundiríamos.
El regreso es lo más difícil. Las cabras deben seguir la huella que hicimos por donde subimos y eso es lo mas complicado.
Como testigo de la aventura el río Lonquimay serpenteando el valle cubierto de nieve.
Por suerte el sol nos acompañaba también en el rescate, algo muy importante, ya que la montaña es peligrosa y en un dia nublado o con chubascos de nieve puede ser fatal.
En el bosque las cosas se complicaban un poco, algunas cabras rodaban cerro abajo como bolas de nieve y había que acudir a su rescate y moler con los bastones el hielo .
Después de casi 7 horas de dura travesía llegamos a casa.
Los animales también cansados cargan además con la nieve que se les pega en el pelaje como bolitas de nieve.
Ya en el corral con la misión cumplida y con la satisfacción de ayudar y de disfrutar la montaña. Toda una aventura que me permitió conocer cómo enfrentan estas situaciones las personas que viven en Lonquimay.

 Fotografía: Luciano Muñoz Nahuelpi
Edición: Patrick Medina Quilodrán

 

Lonquimay, un volcán que no quiere morir

vn lnk no muereTestimonio periodístico del 7 de mayo de 1989,

por Ruby Weitzel y Juan Mellado. Diario La Tercera (?)

Un día en Lonquimay y el jabón, dentro de su estuche, se cubre de cenizas. Un día en Lonquimay y la pasta de dientes dentro de su envase corre la misma suerte. Un día en Lonquimay y los ojos, las orejas, la nariz y la garganta ya no son lo mismo.

Los habitantes del valle del Lonquimay se ven tristes. Ellos llevan cuatro meses con esta historia y con el constante tronar del volcán que les recuerda que él aún está allí. El gris de sus calles, árboles y casas ha dado al pueblo aspecto de abandono, y su gente ya no es la misma dicen quienes conocieron antes el lugar.

Y es que esas cenizas parece que también se les hubieran metido en el alma. Desde el 25 de diciembre, día en que el volcán Lonquimay entró en violenta erupción, ni un solo día ha dejado de lanzar cenizas y atronar la tierra con explosiones. Su penacho de humo gris, a veces muy negro, preludio de estampido, se eleva hacia un cielo paradojalmente azul, como una advertencia. El antaño hermoso poblado de casi diez mil habitantes, ubicado a dos horas de Temuco y que se reparte en forma ovalada al fondo del valle rodeado de montañas, se ve gris desde las alturas. Las cenizas, que ellos llaman arena, lo ha inundado todo.

Tierra de pioneros.

Cuando el 25 de diciembre recién pasado el Lonquimay entró en erupción, los ojos de todo Chile se volvieron hacia allá. Era el infierno desatado, dijeron, y toda la Novena Región cambió de aspecto. No en vano fueron 15 millones de metros cúbicos de lava retorciéndose a 800 grados de temperatura. No en vano fue una nube tóxica que contenía 15 mil toneladas de ácido elvándose a 8 kilómetros de altura. No en vano fueron más de cincuenta temblores diarios y una lluvia de cenizas casi incandescente. El cráter Navidad nacía a la vida con toda la espectacularidad de un parto de la tierra.

Hoy, sin embargo, toda esa llamativa e impresionante muestra de la naturaleza, que atrajo la atención de medio mundo, ya pasó. Sólo queda, en comparación a lo anterior, una columna de humo gris, una lluvia de cenizas constante, explosiones y el avance de la lava a 10 metros por día, y no a 20 metros por hora como fue en un comienzo. Nada impresionante relatado así y visto desde lejos.

Pero otra realidad sí vivimos allá. Fue lo que quisieron decirle los habitantes de Lonquimay y su alcalde, Edmundo Fahrenkrog, al intendente de la Novena Región, quien llegó hasta la localidad.

Los imformes de los expertos enviados a la zona, en el fondo, no eran alarmantes: la ceniza para el ser humano no es dañina; tampoco para los animales que están un poco flacos, pero no son muchos; que no son tantas las araucarias arrasadas por la lava ni el agua está contaminada. Sin embargo, la visita del intendente, general Alejandro González, dejó en evidencia la exacta magnitud del problema. Sintió en el rostro la lluvia de ceniza, escuchó el constante tronar del volcán, pudo ver la enorme cantidad de animales que no podrá pasar el invierno, vio las araucarias quemadas, pero por sobre todo, pudo apreciar en toda su intensidad la desesperación y desolación de su gente. Y en reunión con la comunidad escuchó su clamor. Le dijeron que con la emanación de gases que aspiraban era como estar las 24 horas del día en una mina de carbón. Que hay una acumulación de gases tóxicos en las carnes de consumo y riesgo de un traspaso de esos elementos a la población humana. Que la gente, y especialmente los niños, presentan problemas bronquiales graves, a la vista y raquitismo. Que ha sido necesario vender y sacrificar una inmensa cantidad de ganado. Que muchos ríos están contaminados. Que se ha cosechado menos del 20% del total de la producción de forraje. Que no hay pastos. Que los huertos han sido destruidos y no han habido frutos de buena calidad a consecuencia de la permanente lluvia de material nocivo. Que los techos de las casas se han oxidado y que el zinc cederá con el peso de la nieve. Y que así como hoy entran las cenizas al interior de las viviendas, tambén entrará la lluvia y la nieve.

 Una promesa

Todo eso y más dijeron y, a todos, el intendente Alejandro González prestó atención, para luego responder uno a uno los puntos planteados buscando una solución.

– Estamos conscientes, les dijo, de que esta es una zona en amenaza de catástrofe y queremos anticiparnos para que esta amenaza no se haga realidad, elaborando, además, un plan de recuperación para enfrentarla. Sabemos que por su grado de aislamiento la zona requiere preocupación, pero este debe ser un trabajo en conjunto.

Explicó el intendente que la persistencia y duración del fenómeno volcánico ha roto todos los cálculos y no hay indicios de que esto se detenga.

– Debemos reconocer que no hay estudios que digan qué efectos podría tener. Por eso, explicó, hemos venido a la zona para interiorizarnos de los problemas y buscar rápidas soluciones.

Resultado de esta visita de inspección y del encuentro con la comunidad es que se firmó el Acta de Lonquimay, mediante la cual el intendente se compromete a una serie de medidas destinadas a enfrentar los destrozos provocados por el Lonquimay.

 La montaña se mueve

Distante a 42 km del pueblo de Lonquimay, al volcán se llega después de más de dos horas en un jeep, que deja la mitad de nuestros riñones más desmenuzados y volátiles que el fino polvo que chorrea como lluvia por las ventanillas herméticamente cerradas del vehículo. El frondoso verdor de araucarias y lengas y el rojo amarillo de los ñires van quedando atrás ante el avance de una tierra reseca y estéril. Luego, el camino bruscamente cortado por una montaña gris que se viene encima y la tierra resquebrajada y muerta ante el peso de una mole que se le vino encima. Ahí está. Es la lava. Una montaña que cruje, crepita, quema, huele, se queja y, por sobre todo, se mueve. Imperceptiblemente, pero se mueve.

Nos parece imposible que esa montaña de roca yerma y caliente de más de 20 metros de altura avance a 10 metros por día arrasando con todo a su paso. Miramos su cumbre a penas enrojecida, miramos a lo largo de sus casi 8 cuadras de extensión y sentimos, vemos, olemos y paladeamos los gases azufrosos que escapan por los intersticios. De pronto, una roca enorme se desprende y cae, llevándose todo por delante. Por un instante, un ojo al rojo vivo, como una herida sangrante, queda abierto al corazón de ese río de lava que corre por detrás y por debajo de esa montaña que camina empujada por la lava. Una bocanada de fuego y aire irrespirable nos alcanza levemente y el rugido de la montaña nos hace sentir en toda su magnitud quién es el que manda aquí.

En ese momento recordamos las palabras de periodista de Temuco Jefferson Adaro: “Ahí uno siente los miedos que deben haber sentido los prehistóricos ante la voluntad de la naturaleza”. No es para menos. No se puede describir de otra forma. Y miramos las tierras ricas en vegetación, agua y araucarias que sellevará por delante este gigante incontenible. Diez kilómetros de largo de ese mismo paisaje han qudado debajo de la mole. Cerca, muy cerca de la montaña de lava, sentimos su presencia, mientras, el volcán, a intervalos, nos adviertte que no nos acerquemos más. Pero no podemos evitar rozar con nuestros dedos las hojas duras como madera de una araucaria, como muchas otras que agoniza, aplastado su tronco y que eleva sus ramas al cielo en un postrer pedido de socorro.

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(Fuente: Catástrofes y tragedias de Chile)

Volcán Lonquimay, a 25 años de la erupción.

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Cráter Navidad

Hoy se cumplen 25 años desde la última erupción del volcán Lonquimay, ocasión en la que surgió un cráter adventicio llamado Navidad, situado a 1860 m.s.n.m. La erupción fue de tipo estromboliana, con emisión de gases piroclásticos y lava, y mantuvo sus etapas eruptivas y efusivas hasta los días 5 y 25 de enero de 1989 respectivamente. El registro histórico de erupciones en el complejo Volcánico Lonquimay es bastante escaso, contándose las de los años 1853, 1887 y 1889, 1933, 1940 y la del 25 de diciembre de 1988.

Entre el 22 y el 25 de diciembre se sintieron unos 200 temblores, algunos incluso en Temuco, a 150 km de distancia. El día 25 comenzó la erupción con emisión de gas y agua, llegando la gran explosión el 27 de diciembre en una fase eruptiva que duró hasta el 5 de enero de 1989 y empezó a decaer lentamente. Se produjo una columna de emisión de más de 9.000 m de altura y el flujo de lava de Lolco alcanzó los 10 km de largo. La actividad volcánica del Lonquimay se acaba lentamente extendiéndose por un año, finalizando entre el 22 y 25 de enero de 1990.

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Vista aérea de la erupción y cráter Navidad. (Foto: Jeffrey Post, 1988, Smithsonian Institution)

En cuanto a los daños ocasionados por la fuerza del volcán se cree que mató a más de 10.000 animales domésticos, causó problemas respiratorios, obligó a la evacuación de más de 800 personas, contaminó las aguas de rios y arroyos, y dañó la flora y la fauna del sector, todo ello debido a una gran fumarola de gases y cenizas. El escurrimiento de lava avanzó sobre un bosque de araucarias y la altura de su cabeza de avance alcanzó los 25 metros, con una masa ardiente y gasesosa.

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Cráter Navidad en erupción a la vista de curiosos observadores

La aparición del Cráter Navidad permitió por primera vez en Chile, observar, medir y analizar el proceso completo del nacimiento de un volcán hasta su extinción. Alrededor de 100.000 hectáreas de praderas y bosques nativos fueron afectados por la lluvia volcánica y más de 1.000 hectáreas quedaron cubiertas de lava.

Fuentes:

ACV

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Volcanoplanet 

Chile: catastrofes y tragedias

“La erupción del Volcán Lonquimay y sus efectos en la agricultura”. Besoaín, Sepúlveda y Sadzawka, 1992

Sello postal de Lonquimay

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En 1936 con motivo del “4to Centenario del Descubrimiento de Chile” se lanzó la serie de sellos postales “Almagro”. Dentro de estas estampillas se encuentra una que alude a los bosques de Lonquimay, impresa en Offset, vio la luz el 1 de marzo de 1936, en una tirada de 100.000 ejemplares. Junto a esta estampilla se rescatan otros elementos del Patrimonio Nacional chileno como son el desierto de Atacama, la Pesca en Chiloé, la palmera chilena Ocoa, las lanas de Magallanes, la minería y otras actividades productivas. Una evidencia de la importancia que tiene Lonquimay como lugar de valor patrimonial para Chile, tal como lo vemos también en los billetes de dos mil pesos que rescatan la Reserva Nacional Nalcas.

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(En el día Mundial del Correo sociedadfilatelica.cl)