Lonquimay, un volcán que no quiere morir

vn lnk no muereTestimonio periodístico del 7 de mayo de 1989,

por Ruby Weitzel y Juan Mellado. Diario La Tercera (?)

Un día en Lonquimay y el jabón, dentro de su estuche, se cubre de cenizas. Un día en Lonquimay y la pasta de dientes dentro de su envase corre la misma suerte. Un día en Lonquimay y los ojos, las orejas, la nariz y la garganta ya no son lo mismo.

Los habitantes del valle del Lonquimay se ven tristes. Ellos llevan cuatro meses con esta historia y con el constante tronar del volcán que les recuerda que él aún está allí. El gris de sus calles, árboles y casas ha dado al pueblo aspecto de abandono, y su gente ya no es la misma dicen quienes conocieron antes el lugar.

Y es que esas cenizas parece que también se les hubieran metido en el alma. Desde el 25 de diciembre, día en que el volcán Lonquimay entró en violenta erupción, ni un solo día ha dejado de lanzar cenizas y atronar la tierra con explosiones. Su penacho de humo gris, a veces muy negro, preludio de estampido, se eleva hacia un cielo paradojalmente azul, como una advertencia. El antaño hermoso poblado de casi diez mil habitantes, ubicado a dos horas de Temuco y que se reparte en forma ovalada al fondo del valle rodeado de montañas, se ve gris desde las alturas. Las cenizas, que ellos llaman arena, lo ha inundado todo.

Tierra de pioneros.

Cuando el 25 de diciembre recién pasado el Lonquimay entró en erupción, los ojos de todo Chile se volvieron hacia allá. Era el infierno desatado, dijeron, y toda la Novena Región cambió de aspecto. No en vano fueron 15 millones de metros cúbicos de lava retorciéndose a 800 grados de temperatura. No en vano fue una nube tóxica que contenía 15 mil toneladas de ácido elvándose a 8 kilómetros de altura. No en vano fueron más de cincuenta temblores diarios y una lluvia de cenizas casi incandescente. El cráter Navidad nacía a la vida con toda la espectacularidad de un parto de la tierra.

Hoy, sin embargo, toda esa llamativa e impresionante muestra de la naturaleza, que atrajo la atención de medio mundo, ya pasó. Sólo queda, en comparación a lo anterior, una columna de humo gris, una lluvia de cenizas constante, explosiones y el avance de la lava a 10 metros por día, y no a 20 metros por hora como fue en un comienzo. Nada impresionante relatado así y visto desde lejos.

Pero otra realidad sí vivimos allá. Fue lo que quisieron decirle los habitantes de Lonquimay y su alcalde, Edmundo Fahrenkrog, al intendente de la Novena Región, quien llegó hasta la localidad.

Los imformes de los expertos enviados a la zona, en el fondo, no eran alarmantes: la ceniza para el ser humano no es dañina; tampoco para los animales que están un poco flacos, pero no son muchos; que no son tantas las araucarias arrasadas por la lava ni el agua está contaminada. Sin embargo, la visita del intendente, general Alejandro González, dejó en evidencia la exacta magnitud del problema. Sintió en el rostro la lluvia de ceniza, escuchó el constante tronar del volcán, pudo ver la enorme cantidad de animales que no podrá pasar el invierno, vio las araucarias quemadas, pero por sobre todo, pudo apreciar en toda su intensidad la desesperación y desolación de su gente. Y en reunión con la comunidad escuchó su clamor. Le dijeron que con la emanación de gases que aspiraban era como estar las 24 horas del día en una mina de carbón. Que hay una acumulación de gases tóxicos en las carnes de consumo y riesgo de un traspaso de esos elementos a la población humana. Que la gente, y especialmente los niños, presentan problemas bronquiales graves, a la vista y raquitismo. Que ha sido necesario vender y sacrificar una inmensa cantidad de ganado. Que muchos ríos están contaminados. Que se ha cosechado menos del 20% del total de la producción de forraje. Que no hay pastos. Que los huertos han sido destruidos y no han habido frutos de buena calidad a consecuencia de la permanente lluvia de material nocivo. Que los techos de las casas se han oxidado y que el zinc cederá con el peso de la nieve. Y que así como hoy entran las cenizas al interior de las viviendas, tambén entrará la lluvia y la nieve.

 Una promesa

Todo eso y más dijeron y, a todos, el intendente Alejandro González prestó atención, para luego responder uno a uno los puntos planteados buscando una solución.

– Estamos conscientes, les dijo, de que esta es una zona en amenaza de catástrofe y queremos anticiparnos para que esta amenaza no se haga realidad, elaborando, además, un plan de recuperación para enfrentarla. Sabemos que por su grado de aislamiento la zona requiere preocupación, pero este debe ser un trabajo en conjunto.

Explicó el intendente que la persistencia y duración del fenómeno volcánico ha roto todos los cálculos y no hay indicios de que esto se detenga.

– Debemos reconocer que no hay estudios que digan qué efectos podría tener. Por eso, explicó, hemos venido a la zona para interiorizarnos de los problemas y buscar rápidas soluciones.

Resultado de esta visita de inspección y del encuentro con la comunidad es que se firmó el Acta de Lonquimay, mediante la cual el intendente se compromete a una serie de medidas destinadas a enfrentar los destrozos provocados por el Lonquimay.

 La montaña se mueve

Distante a 42 km del pueblo de Lonquimay, al volcán se llega después de más de dos horas en un jeep, que deja la mitad de nuestros riñones más desmenuzados y volátiles que el fino polvo que chorrea como lluvia por las ventanillas herméticamente cerradas del vehículo. El frondoso verdor de araucarias y lengas y el rojo amarillo de los ñires van quedando atrás ante el avance de una tierra reseca y estéril. Luego, el camino bruscamente cortado por una montaña gris que se viene encima y la tierra resquebrajada y muerta ante el peso de una mole que se le vino encima. Ahí está. Es la lava. Una montaña que cruje, crepita, quema, huele, se queja y, por sobre todo, se mueve. Imperceptiblemente, pero se mueve.

Nos parece imposible que esa montaña de roca yerma y caliente de más de 20 metros de altura avance a 10 metros por día arrasando con todo a su paso. Miramos su cumbre a penas enrojecida, miramos a lo largo de sus casi 8 cuadras de extensión y sentimos, vemos, olemos y paladeamos los gases azufrosos que escapan por los intersticios. De pronto, una roca enorme se desprende y cae, llevándose todo por delante. Por un instante, un ojo al rojo vivo, como una herida sangrante, queda abierto al corazón de ese río de lava que corre por detrás y por debajo de esa montaña que camina empujada por la lava. Una bocanada de fuego y aire irrespirable nos alcanza levemente y el rugido de la montaña nos hace sentir en toda su magnitud quién es el que manda aquí.

En ese momento recordamos las palabras de periodista de Temuco Jefferson Adaro: “Ahí uno siente los miedos que deben haber sentido los prehistóricos ante la voluntad de la naturaleza”. No es para menos. No se puede describir de otra forma. Y miramos las tierras ricas en vegetación, agua y araucarias que sellevará por delante este gigante incontenible. Diez kilómetros de largo de ese mismo paisaje han qudado debajo de la mole. Cerca, muy cerca de la montaña de lava, sentimos su presencia, mientras, el volcán, a intervalos, nos adviertte que no nos acerquemos más. Pero no podemos evitar rozar con nuestros dedos las hojas duras como madera de una araucaria, como muchas otras que agoniza, aplastado su tronco y que eleva sus ramas al cielo en un postrer pedido de socorro.

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(Fuente: Catástrofes y tragedias de Chile)

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